El sábado tenía tantas cosas para hacer que pasé por alto el “no llamado” de Verano, ningún sensor, ninguna alarma se activó, simplemente pensé que estaría en el delta con sus amigos. Recién lo conozco, no tiene obligación de llamar y mucho menos de decirme que hace o adonde va, me relajo y pienso: a lo mejor es un colgado. ¿Lo estoy justificando?
El domingo temprano corremos la última carrera del año, una multidisciplina de 50K, ni mi coequiper ni yo estamos óptimas, porque es diciembre, porque estamos cansadas, porque nos dormimos en los laureles de la última carrera y no entrenamos, pero igual acepatmos el desafío , vamos por mas, con el humilde objetivo de no llegar últimas, 100% actitud. Por lo tanto, el sábado a la noche no hay salida, no hay alcohol, no hay sms ni llamado, en cambio hay pastas y a dormir temprano. Lola llama para desearme suerte y me pregunta por Verano, le contesto que no tuve novedades, me hago la desinteresada, le resto importancia al asunto.
La carrera resuelta extremadamente agotadora, la completamos en 5 horas bajo un sol que, literalmente, rajaba la tierra. El desgaste no es sólo físico, quedo mentalmente exhausta tras luchar contra la adversidad sola, en el medio del campo y aún asi logro completarla. Una vez mas quedó demostrado que, al menos para mi, el todo es mente, el universo es mental; no obstante esto, juré entrenar duro o no correr mas, no hay necesidad de ir a sufrir.
Unas horas mas tarde me sumerjo en un baño de inmersión que incluye sales, velas y un poco de Café del Mar. Distiendo mis músculos, libero mis pensamientos, los dejo fluir sin engancharme con ninguno, lentamente voy recuperando la calma. Por miedo a quedarme dormida en la bañera, y no sería la primera vez, me seco y me meto en la cama.