Después de más de un año de idas y vueltas; idas y vueltas; más idas y más vueltas, no sería ilógico suponer que la relación estaba cambiando de rumbo. Efectivamente, Luís desapareció por completo. Nunca más me encontré con el tan incómodo: te llamo en un rato. El: esta noche no puedo, se correspondía con los planes de ambos y no con alguna novia que lo controlara. Y el interés por las vidas mutuas llegó al punto de: tengo que contarte bien del proyecto, o un: hoy estoy triste pero preferiría verte a hablarlo por teléfono. Pero la frase que por lejos llegó a se mi preferida fue: YO YA ESTUVE VIENDO MI DESTINO Y EN ÉL ESTÁS VOS.
Todo parecía perfecto. Esta vez no casi, sino perfecto. Nos hablábamos entre semana, casi todas las semanas, pero debido a la concreción de su proyecto, sólo podíamos vernos los findes. Llegó un nuevo cumpleaños y el: me hiciste feliz, sos la única persona que se acordó de saludarme. Aunque también llegó la tan fastidiosa pregunta: ¿qué es lo que te gusta de mi? Salvo que acompañada de la súper amena respuesta, porque a mi vos me gustas todas y no, no me refiero sólo a lo físico.
Enamorada no, pero embobada muchísimo, me dispuse a hacer el llamado de la semana. Hacía algunos días que no hablábamos y más aún que nos veíamos. Su voz era extraña y a mi memoria volvieron los primeros llamados, aquellos que caían en el momento más inoportuno.
:- ¿Qué te pasa? Le pregunté muy dulcemente.
:- Nada, no me siento muy bien. Creo que estoy enfermo.
:- ¿Cómo creo? ¿No fuiste al medico?
:- Estoy yendo ahora.
Entre respuesta casi monosilábicas entendí que no estaba cómodo y temiendo mucho la respuesta le pregunte ¿no podes hablar? Lo triste fue recibir la tan temida respuesta, ahora no puedo.
:- Te llamo mañana para ver como estás y que te dijo el medico.
Un seco chau me partió el corazón.
Algo no estaba bien. No había que ser demasiado inteligente para darse cuenta de eso. Pero otorgándole el beneficio de la duda y apoyándome en el no se siente bien, traté de no paranoiquearme en exceso.
Al día siguiente volví a llamarlo y sus respuestas fueron aún más cortas que las del día anterior.
:- No tengo nada grave, tan sólo un estado gripal fuerte.
Queriendo entender que sucedía y haciendo oídos sordos a su desgano le pregunté si tenía quién lo cuidara. Evito responderme con un comentario bastante trivial.
:- ¿Hoy tampoco podes hablar? Llamame cuando mejor te parezca.
No se trataba de un enojo infantil, sino de una reacción espontánea. Cielo logró descolocarme por completo. Para que no sonara a enojo decidí volver a nuestro método de comunicación inicial y le mandé un mensaje de texto. ¿Vos no estarás de novio nuevamente y se te olvido comentármelo? Le pregunté.
De verdad lamento la desilusión, pero debo confesar que aún hoy, sigo aguardando una respuesta…