“Hoooolaaaa, lameeentoo no haber llamaaaado aaantes…” La historia se repetía. Él lamentándose pero no disculpándose, y yo escuchando lo que tenía para decir.
Me mantuve fría y distante, no me interesaba nada de lo que dijera, no veía una salida a la situación, me había repetido a mí misma que era irremontable. Me contó que había terminado los exámenes, que estaba festejando la llegada de las vacaciones, y que se iba el sábado, si me apetecía tomar algo con él el jueves.
Un amigo y ex-colega de Alemania llegaba al día siguiente y paraba en casa, teníamos prevista una salida el jueves, el viernes era la comida de fin de año de la empresa donde había trabajado tiempo atrás -a la cual estaba invitada-, y se iba el sábado por la mañana. Con la agenda dispuesta así, le dije que no era posible. Intentó quedar el viernes, le expliqué que no podía. Insistió aduciendo que volvía recién el 6 de enero, pero yo no podía ni pensaba cambiar mis planes.
Quise saber por qué no había llamado antes, siendo que lo lamentaba, pero no pudo dar una explicación/excusa coherente. Dijo que entendía que estuviera enojada, le dije que no era así, pero que no comprendía su comportamiento. Nos saludamos por las fiestas y quedamos en vernos a su vuelta.
¡Me sentía muy fuerte! ¡Superpoderosa! En ese preciso momento se conectó Mi Hermana y le conté lo que acababa de pasar, sin muchas vueltas me preguntó por qué no lo veía y me sacaba de una vez la duda de su desaparición. ¡Mierda! Tenía la puerta abierta otra vez por una recomendación. Soy demasiado débil.
Lo llamé enseguida y noté en su voz cómo se la creía, me dije que lo que estaba haciendo era un error pero seguí adelante. Quedamos en una hora en el Borne, junto a la iglesia de Santa María del Mar.