Una vez en Barcelona, y según consejos de amigos varios, decidí mandarle un mensaje para verlo. El consejo general era que tenía que pasar una noche con él antes de que se fuera a Estados Unidos por las fiestas. ”Sólo una vez, que le maquine la cabeza” me dijo mi Gurú (Maga tiene un Sensei, yo tengo un Gurú, es curioso). Por supuesto, a mí la idea me encantaba, más aún siendo una recomendación y no algo que yo decidía hacer.
Llegué un jueves, y el viernes al mediodía le envié un mensaje para salir por la noche. Había quedado con amigas y la idea era que se sumara al grupo, él, algún amigo… Porque yo no quería invitarlo a salir directamente, no después de lo que había pasado antes de viajar a Argentina. Pero, como era de esperarse, ante el menor intento estratégico todo se fue al garete: no me dio oportunidad de explicarle mi plan de la noche. Me respondió muy tarde argumentando noche de póquer, y si me iba bien quedar al día siguiente. Después de un par de horas, decidí decir que sí. Ya estaba otra vez a su merced.
Mis amigas se fueron a bailar salsa, y yo me fui a casa para evitar hacer otro papelón en el intento de contonearme como los demás. Nada más cerrar la puerta sonó mi móvil, era D.O.H. invitándome a ir a bailar con él y sus amigos, ya que después de un par de partidas habían preferido salir. Dudé, me insistió. Dije, “¡vale!”. Llamé a mis amigas para contarles la novedad y se sumaron al plan de inmediato, aparentemente no era una buena noche para salsa.
En cuanto me vio se me vino encima. Su brazo rodeando mi cintura y su boca tan cerca de la mía me provocaron un subidón rarísimo, porque la parte sensata en mí decía ¡¿qué hace este pibeeee?! y la más débil pero dominante se estaba dejando llevar. Terminé apretando mal en la pista. Hicimos sociales, sus amigos, mis amigas, gente de la universidad. Yo sentía que algo no iba bien, pero me decía a mí misma que estaba todo perfecto.
Alrededor de las cuatro de la mañana D.O.H., una vez más borracho perdido, se quiso ir, no lo quise acompañar, me dedicó uno de los más increíbles biribiris que me han dicho nunca acerca de mi inseguridad y de cómo me habrían lastimado en el pasado para no ser capaz de confiar en él, y ante mi negativa reiterada se fue, ofuscado.
Me molestó mucho, había vuelto a despistarme. Pero tenía otra cita en la manga: habíamos quedado en vernos el domingo en esa misma discoteca para disfrutar de una noche brasileña.